¿Qué ocurre cuando los mitos, la ciencia, los sueños y la memoria dejan de obedecer las reglas de la realidad? El archivo del olvido reúne una colección de microficciones donde lo fantástico y lo cotidiano se entrelazan para desafiar la imaginación. Dragones, héroes clásicos, futuros distópicos y personajes comunes habitan relatos que convierten lo imposible en una inquietante posibilidad. 

Con una prosa precisa y sugerente, Adolfo Flores explora la identidad, el tiempo, la muerte, el amor y la memoria a través de historias breves de finales inesperados. Un libro para quienes disfrutan de la literatura fantástica y de esas narraciones que continúan resonando mucho después de haber sido leídas.


Bai Long

 

Como una estrella que cae del cielo sobre una isla de tierras estériles, el Bai Long, el Dragón Blanco y señor de las nubes altas, agotó su aliento celestial y descendió. Aquel era un reino donde el Yin y el Yang habían perdido el equilibrio: las peonías habían dejado de florecer, los frutos se secaban antes de madurar y las pocas criaturas que aún vivían vagaban como sombras entre el polvo. Todo parecía indicar que el noble ser de escamas blancas jamás volvería a surcar los cielos.

La criatura celestial había sido víctima de una soberbia tan inmensa como el océano. Durante incontables lunas se negó a posar sus garras sobre la tierra, convencido de que un ser como él no necesitaba descansar. Sin embargo, el cansancio no distingue entre emperadores, dioses o dragones. Tarde o temprano, alcanza a todos. Y el Bai Long terminó cediendo al peso de su propio vuelo.

¿De qué palacio de jade había venido aquella majestuosa deidad? Ni siquiera el Padre Sol conocía su origen, y el Viento del Este ignoraba cuál era el destino de sus elegantes alas.

Solo los humildes habitantes de la isla fueron testigos de su caída. Se acercaron con el respeto que merece un enviado del cielo, maravillados por la pureza y la belleza de su presencia. Aunque la escasez consumía la isla, decidieron compartir el poco Qi que aún conservaban para salvar la vida del dragón.

Durante varios días, el Bai Long permaneció inmerso en un profundo sueño mientras su sangre sagrada se filtraba en la tierra. Las criaturas no se apartaron de su lado. Masticaban hierbas medicinales para preparar cataplasmas que colocaban con delicadeza sobre las grietas de sus escamas. Las grullas emprendían largos vuelos hasta las montañas más lejanas y regresaban con lotos de nieve y plantas raras, cuyas savias cristalinas calmaban sus heridas.

Gracias a aquellos cuidados sinceros, las heridas comenzaron a cerrar y el espíritu del dragón regresó lentamente a su cuerpo. Cuando por fin despertó, no dirigió una sola mirada a quienes lo habían salvado. Alzó la vista hacia el inmenso firmamento, estiró su largo cuerpo y desplegó las alas con un estruendo semejante al de un trueno.

—Se ha marchado sin agradecernos siquiera con una palabra —murmuraron las criaturas, sintiendo el amargo peso de la ingratitud.

Pero su tristeza pronto dio paso al asombro. La tierra comenzó a estremecerse y, allí donde el dragón había descansado o donde una gota de su sangre había tocado el suelo, la vida renacía con una fuerza incontenible. Los ciruelos florecieron en pleno invierno, los manantiales secos volvieron a cantar y el verde cubrió de nuevo la isla.

Entonces comprendieron una verdad que no necesita palabras. La sangre del Bai Long había expresado el agradecimiento que él nunca pronunció. Porque los dragones, nacidos de la esencia del cosmos, desconocen las costumbres de los hombres; pero su naturaleza siempre les impulsa a devolver con abundancia cada gesto de compasión que reciben.



La herencia del carboncillo

 

Dibujé un gato de humo y trazos negros, lo dejé sobre mi mesa y me fui a dormir con la secreta esperanza de que ocurriera un milagro. A la mañana siguiente, la hoja estaba completamente en blanco. El dibujo había desaparecido y el gato recorría mi habitación con silenciosos pasos de seda.

Emocionada, dibujé una mariposa. Pero comprendí que aquella magia solo despertaba durante la noche. Al abrir los ojos al día siguiente, la encontré revoloteando junto a la ventana, como una pequeña joya hecha de papel y luz.

Entonces entendí que el lápiz y el papel eran mis aliados en aquel extraño oficio de dar vida. Sin embargo, también descubrí que el grafito era incapaz de regalar eternidad.

Poco después, el gato comenzó a deshacerse hasta convertirse en un fino polvo negro. Mi madre lo recogió de la alfombra con una serenidad que me desconcertó, sin hacer una sola pregunta. La mariposa desapareció del mismo modo.

Desesperada, dibujé un cachorro con el mayor cuidado que pude. Esta vez la magia fue inmediata. Jugamos durante horas, como si el tiempo se hubiera detenido. Pero, al cabo de un rato, él también empezó a desvanecerse hasta convertirse en sombra.

Intenté dibujarlo otra vez una y otra vez, pero el lápiz ya no respondía. La magia parecía haberse marchado.

Fue entonces cuando mi madre entró en mi habitación.

—No te desesperes —me dijo con una voz serena, cargada de algo muy antiguo—. A tu edad, la magia es como un pájaro: a veces viene y a veces se va.

Tomó el lápiz entre sus manos y, con una seguridad que solo da la experiencia, dibujó un perro. Un suave resplandor envolvió el papel y, un instante después, el cachorro volvió a cobrar vida.

En ese momento comprendí que mi madre nunca había limpiado aquel polvo por simple orden. Lo hacía porque reconocía en aquellas cenizas el rastro de sus propias creaciones.



Descubrimiento final

 

En los tiempos en que los dioses aún caminaban sobre las arenas de Kemet, se decía que los Neteru, los inmortales, habían destilado un elixir prohibido: la Sombra de Apep. No era un veneno para la carne, sino para el Ba. Quien lo bebía veía su espíritu separarse del cuerpo, mientras este permanecía intacto, ajeno a la corrupción y al paso del tiempo.

Uno de los Elegidos decidió probarlo. Nadie supo si lo hizo cansado de la eternidad o como parte de un antiguo pacto con el silencio. Tras beber el elixir, dejó que su espíritu descendiera voluntariamente a las arenas profundas del tiempo.

Su cuerpo quedó inmóvil en la Duat. Sin el Ka que le diera vida, era poco más que una envoltura de carne destinada a un sueño interminable. Los escarabajos del olvido y el hambre de los siglos intentaron consumirlo, pero el tiempo mismo fue incapaz de herir aquella piel inmortal. Ni siquiera Anubis reclamó a quien había elegido permanecer entre la vida y la muerte.

Y allí descansó, oculto bajo las raíces del mundo.

Muchos siglos después, un sumo sacerdote de Thot, estudioso de la palabra perdida y guardián de los secretos del tiempo, descendió a una pirámide cuyo nombre había desaparecido de toda memoria. Buscaba el Heka, la magia primordial.

Lo encontró.

Entre el polvo acumulado por los siglos yacía el cuerpo intacto del Inmortal.

—Los antiguos escribas decían la verdad —susurró mientras el aire helado de la cámara sellada le robaba el aliento.

Comprendió que el veneno de la Sombra seguía dormido en aquellos labios. Lejos de debilitarse, el tiempo había concentrado su poder, como si cada siglo hubiera purificado una esencia ya perfecta. En ese instante supo que ningún otro conocimiento podía compararse con aquel.

Se inclinó lentamente. Invocó la protección de los ancestros y apoyó sus labios sobre los del durmiente. No buscaba devolverle la vida ni honrar su descanso. Anhelaba beber el silencio absoluto.

Porque sabía que, en aquella última gota de olvido, permanecía oculto el jeroglífico definitivo: el conocimiento que solo se revela cuando la vida deja, por fin, de hacer ruido.

Así, entre las sombras de los antiguos, encontró la única eternidad que un hombre podía alcanzar.



El actor

 

Toda mi vida ha sido una función interminable. Actué mi nacimiento, mi primer llanto, mis palabras torpes. Actué los diplomas, los abrazos, los aplausos. Actué que me enamoraba, que era feliz, que escribía libros. Incluso hoy actúo que escribo esto. He sido tan convincente que todos creen que soy Adolfo, pero, a veces, ni yo sé quién soy. Quizá lo soy. O quizá solo interpreto su papel.

Cuando llegue mi muerte, actuaré que cierro los ojos, que descanso en mi ataúd, que mi cuerpo se disuelve bajo tierra. Y también actuaré que tú me olvidas y que, aun sin saberlo, sigues aplaudiendo mi última escena.



Encerrados con Dios

 

Cuando arrojaron al hombre a nuestro foso, pensé que sería como todos los demás.

Siempre ocurría igual: primero escuchábamos el sonido de las sandalias sobre la piedra, luego el golpe de un cuerpo cayendo al suelo y, finalmente, aquel olor que nunca olvidábamos. El miedo tiene un olor particular. Un olor que se siente antes de que la presa hable o intente escapar. Nosotros esperábamos ese momento como los sacerdotes esperan el humo que anuncia un sacrificio.

Pero aquel hombre era diferente.

Cuando levantó la mirada, no vio nuestras garras ni nuestros colmillos. No corrió, no gritó, no buscó desesperadamente una salida. Simplemente se arrodilló, como si estuviera en un lugar conocido.

Uno de mis hermanos lanzó un rugido para despertar el hambre que llevábamos dentro. Otro comenzó a acercarse lentamente. Yo también avancé, porque eso era lo que siempre hacíamos.

Entonces ocurrió algo que todavía intento comprender.

No sé si fue un ángel, una fuerza invisible o algo que los hombres llaman milagro. Los humanos necesitan ponerles nombres a las cosas que no pueden explicar. Yo solo recuerdo que, cuando abrí mis fauces para atacarlo, no encontré un cuerpo temblando de miedo. Encontré un silencio profundo, inmenso, más antiguo que nuestros instintos y más fuerte que nuestra hambre.

El hombre comenzó a hablar con alguien que nosotros no podíamos ver. Sus palabras eran tranquilas, como si no estuviera solo. Poco a poco nos acercamos a él y terminamos echándonos a su alrededor.

Nunca cuentan esa parte de la historia.

Esa noche no fue Daniel quien estuvo encerrado con los leones. Fuimos nosotros quienes quedamos encerrados con su Dios.